Sábado, 24 de junio de 2006
Una cosa es clara: el matrimonio entre políticos y ciudadanos está roto, es más, se ha completado el divorcio, y cada cual ha tomado un camino diferente.
La historia es cíclica, y al igual que pasara en otros Imperios, como Roma, Europa en general y España en particular, está sufriendo los mismos aconteceres: el Senado romano gobernaba para el pueblo pero sin el Pueblo. De la misma manera, los políticos españoles (y europeos) gobiernan a los ciudadanos, para los ciudadanos, pero sin los ciudadanos.
Una ruptura peligrosa. Una ruptura que los profesionales de la política no quieren aceptar.
El último gran ejemplo en España es el referendum para la aceptación del estatuto autónomico catalán.
Todos los partidos y políticos han sacado su propia conclusión, llevándose el ascua a su sardina, pero la realidad es otra; aunque les pese. Los hechos son sólidos y la verdad tozuda: los catalanes han pasado de su estatuto regional. Y además, lo que es más grave, han pasado de sus políticos, de todos.
Todos los partidos han asegurado que el estatuto era importante, básico, fundamental, imprescindible para Cataluña. Lo han defendido así, desde sus distintos planteamientos y opiniones a favor o en contra, durante tres años. Cataluña no podía continuar ni un día más sin su nuevo estatuto, ya sea para conformar un país distinto (ala nacionalista) ya fuera para completar su autonómía (ala moderada)
Pero Cataluña no es una palabra, ni una bandera, ni una región, ni un territorio. Cataluña es el conjunto de sus ciudadanos, y sólo a ellos les corresponde decidir y elegir su futuro, sólo a ellos les corresponde decidir qué es lo realmente importante.
Y los ciudadanos han hablado, y han gritado que no les interesaba el estatuto, que no era importante, que pasaban de él; y así ha sido, han pasado de el estatuto negándose a votar.
¿Quien ha ganado? Los políticos han jugado al ganapierde, y pese a lo que han dicho, sobre todo los que apoyaban el SI, el Pueblo, los ciudadanos han ganado, y ha ganado el NO ME IMPORTA.
Pero todo parte de la prostitución del Sistema político español, por parte de los polítios, auténticos proxenetas que tienen al pueblo como carne humana para sus intereses, sus prebendas y sus ganancias bastardas.
No existe la democracia como sistema, no en España. No vivimos en un auténtico reparto de Poderes: legislativo, ejecutivo, judicial, porque no hay un génesis veraz: el Poder que emana del Pueblo se ha mancillado, y el Pueblo ya no tiene ningún poder, ya no tiene ninguna prerogativa, ya no tiene ninguna importancia, somos meros muñecos en manos de los Partidos Políticos. Ya no vivimos en Democracia, sino en Partidocracia: la peor de las dictaduras conocidas, porque usa como armas la demagogia, la mentira, el engaño, la falsedad y la hipocresia.
Los Políticos profesionales, como aquel Senado romano, se juegan en una partida de cartas a la Sociedad. Unas veces ganas tu, otras veces yo, pero las fichas son las personas que conforman la Sociedad.
Los Políticos han asegurado que el Estatut era importante; y ha sido mentira. Han afirmado que era imprescindible; y es una falsedad. Han jurado y perjurado que los catalanes lo deseaban, que no pensaban en otra cosa; y ha sido una burda patraña. El Estatuto sólo les interesaba a ellos, y han conmocionado y destrozado a toda una región y por extensión un país, con base a sus mentiras y embustes.
Mentir es lo único que no tiene perdón en un político, y sin embargo, mienten más que hablan; y no callan nunca. Mienten siempre. Por eso el Pueblo ya no les cree y pasa de ellos.
No tenemos exclusivamente el asunto del Estatut. Vayamos más cerca, a Madrid, donde el alcalde de la ciudad, Gallardón, hace de la Villa su cortijo, marimandonea a su antojo sin importarle nada ni nadie. Dice que hace las cosas por los madrileños: mentira. Y dice que las hace porque los madrileños lo quieren y lo han pedido: falacia. embuste, pecado capital de soberbia. Nadie le ha pedido las obras. Nadie se las ha mandado hacer. Nadie le ha dado permiso. Nadie las quiere y todos las sufren. Pero él, en lugar de cumplir como alcalde (alcalde: Presidente del ayuntamiento de un pueblo o término municipal, encargado de ejecutar sus acuerdos, dictar bandos para el buen orden, salubridad y limpieza de la población, y cuidar de todo lo relativo a la Policía urbana) tiene a la ciudad destrozada, esquizofrénica, histérica, harta y cansada. Pero él es el político, extraordinariamente bien pagado, que hace lo que le viene en gana.
Por cierto, los alcaldes son los únicos que se ponen el sueldo que les da la gana, cada año más, sin rendir cuentas a nadie.
También en Getafe tenemos presente el divorcio entre los políticos y el Pueblo.
El alcalde dice que hace todo lo que acomete en bien de la ciudad, pero no es verdad. Castro, al igual que su amiguete Gallardón, y tantos otros políticos, sufre de megalomanía, de endiosamiento. Getafe no es, para Pedro Castro, la ciudad de 170.000 personas, sino su ciudad, la ciudad que él ha soñado, la ciudad que él desea, la ciudad que debe llevar su impronta para siempre.
Su única obligación y derecho -político- es gestionar el Ayuntamiento, con base al reparto de asientos. Es decir, no puede actuar como si fuera el único político que se sienta en el salón de Plenos, tiene que tener en cuenta que hay 27 concejales, y sobre todo, que la mitad de Getafe ha votado al Partido Popular, por lo que esos más de 30.000 votantes tienen derecho a verse representados en su ciudad.
El alcalde hace lo que le viene en gana. No pregunta a nadie y acomete sus faraónicos sueños desde la soledad de su inexpugnable atalaya. Los concejales son meras fichas de ajedrez que él mueve. Los del PP ni pinchan ni cortan, no se les hace el menor caso, y todo cuanto plantean es arrasado por el rodillo. Pero el mismo rodillo, que tiene nombre y apellidos: Pedro Castro, hace lo propio con su gobierno. Sólo se hace lo que el decide. Nadie piensa, sólo ejecutan las órdenes recibidas.
La prueba está en las votaciones en el Pleno. Casi nunca votan los concejales, lo hace el partido, por medio de su portavoz. En rarísimas ocasiones se vota en libertad, como la acontecida durante el último pleno, donde José Luis Moreno hizo gala de un envidiables estilo democrático, al permitir el voto libre a su grupo en un asunto de moral. Pero la gran mayoría de las veces, los concejales asienten al veredicto de sus jefes.
¿Para qué entonces tanto concejal? Para que tanto sueldo. La mayoría aplastante y apisonadora del gobierno local impide la democracia, porque sólo sale adelante lo que ellos han elaborado. Es democracia dicen. Mentira, es Partidocracia, la dictadura del partido. Los concejales deberían, al haber sido elegidos por el Pueblo, votar libremente cada uno lo que estime oportuno. Entonces los sacrílegos cerebritos de los partidos salen al paso defendiendo que el Pueblo ha votado una lista. Cierto, una lista de la que conocen a los dos o tres primeros; del resto ni idea, ni les importa. Una lista que se confecciona mafiosamente en base a sus intereses económicos y de poder, llenas de traiciones, mentiras, y luchas fraticidad entre hermanos.
Es el mayor de los pecados, el auténtico apuñalamiento de la democracia: la disciplina de partido. Resulta que un concejal (también un diputado) no puede jamás pensar por si mismo, ni representar a nadie que no sea a su Jefe y a su partido, porque si opina diferente, si vota distinto, le sancionan, le demonizan por traidor, por insurgente.
¿Os imagináis a un concejal del PSOE votar en contra de una decisión de su Jefe? Imposible, sería expulsado al día siguiente. Lo mismo sucedería en los otros partidos.
Por todo esto y más, el Pueblo está desencantado, hastiado, se siente engañado, traicionado, vendido, prostituido. No cree en el político, no le traga, no le acepta, incluso le odia, porque se aprovechan del Pueblo, de la Sociedad para enriquecerse y repartir prebendas como cromos en la puerta de un colegio.
Contra esta dictadura partidista existe la respuesta ciudadana, la voz de la calle, las asociaciones y grupos de ciudadanos que luchan por otra Sociedad mejor. Pero en el caso de Getafe, hasta hace un año, toda la estructura social-ciudadana estaba controlada por el propio alcalde, con base a pingües prebendas y estómagos agradecidos.
Hoy la cosa ha cambiado. A la alcaldía le han salido niños rebeldes, contestones, protestones, que desean otro Getafe, otra forma de gestionar, más democracia; posiblemente una Izquierda real.
Getafe está en un grito pidiendo un cambio, de personas y de maneras de gobernar. En Getafe, como en el resto de España, cada vez votan menos personas a los políticos y votan más al desencanto, a la rebeldía, al NO queremos la Partidocracia.
Los políticos, bien pagados y protegidos por escoltas no escuchan a nadie excepto a ellos mismos y a la melodía de sus dineros en su canut. Aún no es tarde, y muchos pensamos que otra sociedad es posible; que la tenemos que alcanzar.
En Getafe se escucha desde hace semanas el sonido de los tambores que llaman a la guerra, a la batalla. Y desde distintas prespectivas se preparan grupos de ciudadanos que quieren dar la contienda en las elecciones.
Y en esto si podemos decir que todos los políticos son iguales, ya que ninguno plantea la revolución que suponga el cambio real.
Esto debe cambiar, no nos merecemos esta caterva de indeseables; ni los lo podemos permitir, por nuestra salud, por nuestra suprevivencia.
Por: francisco Sancabal | Politica | Comentarios (0) | Referencias (0)