Lunes, 26 de junio de 2006
Editorial publicada en SUR PRESS DIGITAL, el día 24 de junio de 2006
Indudablemente, este año electoral que hemos comenzado no va a ser ni parecido a sus anteriores, muy al contrario, ha nacido con previsiones de hacer saltar por los aires el marmoleño edificio político de la ciudad.
Casi tres décadas lleva gobernando la Izquierda en Getafe, largos años de construcción de una ciudad moderna y abierta al futuro, pero con grandes fosos y pasadizos secretos que la hacen tan enigmática como peligrosa.
El diseño político de Getafe se estructura en torno a tres partidos: PSOE. IU, PP, así como alrededor de su sempiterno alcalde, Pedro Castro, el incontestable, omnipresente y todopoderoso político socialista. Getafe es como un castillo medieval. El Noble que lo posee en propiedad vive dentro de la fortaleza, el la ciudadela, lugar protegido y aislado de la realidad mundana que acontece en sus tierras. En su recinto sacrosanto, convive con sus adláteres, sus caballeros, sus escuderos y sus lacayos, a quienes gobierna con mano firme. De hecho, nada acontece o se expresa en el castillo sin que tenga cumplida información el Señor del lugar.
Así ha sido durante muchos años. Todo gira entorno a los sueños de un político que ha tomado a la ciudad como a su hija, protegiéndola, apoyándola, dando su vida por ella (es justo reconocer la envidiable capacidad de trabajo que tiene Castro) pero gobernándola y sometiéndola.
Todo en Getafe gira al albur de su alcaldía. Así ha sido durante años, pero ahora las cosas han cambiado.
La Nobleza, sea cual sea su origen, siempre ha tenido su talón de aquiles, su espada de Damocles, su punto de ruptura: la heredad. Quien en lugar de gestionar gobierna, y en lugar de gobernar reina, vive siempre pensando en el día después, el momento en que deba abandonar el trono. Esta es la pesadilla constante de Pedro Castro: quién le sucederá, y cuándo.
Los años no pasan en balde, y los logros de antaño tienen caducidad, como los bueno vinos que, aún en sus botellas, se pueden picar. Todo tiene su tiempo, y todos somos finitos, nadie es para siempre; menos cuando se debe a los demás.
Pedro Castro lleva años enfrentandose a la realidad, a su realidad. El Dueño del castillo tiene que dejar paso a su heredero, pero no se conforma, no acepta la realidad; y lucha contra ella. El problema es que ha llegado a identificar el castillo con su persona, de forma que no es posible la subsistencia de la Plaza sin su presencia. Incluso, en vacaciones, no abandona permanentemente las murallas y aún extramuros, mantiene el gobierno en persona: no se fía de nada ni de nadie. Es otra de las secuelas de esta rara enfermedad de sangre azul, nadie es digno de su confianza, porque todos son hijos y sin la guía disciplinaria del progenitor, no hay avance posible.
No hay relevo en el PSOE-Getafe, nos dicen, porque no quiere Castro, porque ha decidido continuar, porque no quiere marcharse.
Pedro lleva años manteniendo una táctica que, hasta hoy, le ha dado excelente resultado: quemar a sus segundos. El Señor de la Fortaleza tiene la virtud (entre otras muchas) de saberse rodear de excelentes caballeros, valientes jinetes que le consiguen victorias; son dos o tres elegidos para la gloria, excelentes paladines que cumplen con su misión con dignidad, lealtad y honor; pero no hay más, dos o tres cada vez. Los demas componentes de su Mesa son meros escuderos, hidalgos como mucho. Los tres varones que le rodean como auténtica guardia pretoriana, sufrirán, como Isaac, el sacrificio que su padre les tiene preparados: los inmolará en el altar del partido para evitar que alguno pretenda, como Lucifer, el ángel más hermoso, revelarse contra su Señor y creador.
Todos sus seguros herederos han sido expiados en la pira sacramental. Todos. Y por eso, no hay valiente que se postule.
Hasta hoy, el único peligro para el trono del alcalde de la ciudad era el que provenía de su propia Torre del Homenaje. Pero ahora las cosas han cambiado.
El castillo está sometido a asedio por parte de las tropas enemigas de la Oposición política. Un asedio que dura muchos años, pero que con la llegada de Esperanza Aguirre al trono madrileño (otra que tal baila) ha recibido avituallas suficientes y armamento pesado para intentar tomar la plaza con éxito; tal es así, que tienen los asediadores la absoluta seguridad de que haran sucumbir a la otrora inexpugnable fortaleza.
El Señor está preocupado y con razón, porque su rival eterno se sabe más fuerte que nunca y eso encierra, en sí mismo, un grave peligro.
Sus amigos, asociados a la causa, también comienzan a dejarle solo. No es una mera táctica electoral, sino que los nuevos líderes de la izquierda madrileña, encabezada por Gregorio Gordo, el gran fiscalizador, han diseñado una estrategia distinta, menos seguidista, dócil y entregada a sus socios de centro-izquierda, que les va a hacer volar por si mismos. En estas estamos, y las diferencias, que siempre han existido, afloran ahora con más magnitud y brillo.
La situación no es sencilla para el alcalde, quien se considera (y a quien consideran) imprescindible para ganar las elecciones, gobernar a su Agrupación y gestionar la ciudad. Sus principales caballeros son sus fantasmas más atroces, porque suponen el peligro del relevo. Sus asociados le dan la espalda, cansados del ninguneo constante. Su rival, crecido y fortalecido le planta batalla día a dia, con pequeñas escaramuzas que, aún sin importancia y trascendencia, consiguen tener al ejército del alcalde en constante batallar, restándoles hombres, energías y materiales.
Con este desalentador panorama para Castro y su cohorte de plebeyos agradecidos y adláteres fieles, se avecina la peor de las tormentas, la que jamás hubiera esperado el viejo político socialista: las hordas de infieles que se aproximan en lotananza.
Los infieles no son otros que los propios ciudadanos, algunos de los cuales, hartos de la forma de gobierno del alcalde socialista, se han precipitado en la formación de un grupo electoral (no sé si llamarle político) que busca hacer realidad la frase de "otro Getafe es posible". Son vecinos y vecinas que han plantado cara a la alcaldía; no es la primera vez, pero si que se plantea más belicosa, con constantes llegadas hasta el juzgado. No buscan politiqueo fácil, sino modificar Getafe, cambiar al dueño del Castillo y modificar la forma de hacer política en la ciudad.
No están solos. Esos "cuatro gatos" como fueron motejados por cierto concejal gubernamental, se han transformado en muchos más. Al igual que hiciera el simpar Pedro el Ermitaño, quien organizó una Primera Cruzada paralela, repleta de pobres, campesinos y desheredados para reconquistar Tierra Santa, ahora Vientos del Pueblo ha organizado otra cruzada, en paralelo con la que mantiene el PP e IU, y con sus misérrimas fuerzas, plantarán batalla al todopoderoso Noble, señor del Castillo. Pedro el Ermitaño no conquistó Jerusalén, ni plaza alguna, pero apoyo a los nobles comandados por Godofredo para que cayerá en manos cristianas la Ciudad tres veces santa. De la misma forma, Vientos del Pueblo no alcanzarán el sillón presidencial de la Segunda Planta, pero colaborarán en la mutación de la política getafense.
No usarán la espada, sino el palo. No tendrán corceles y viajarán en borrico. No disponen de tesoros pero si de ilusión. Pedro el Ermitaño, enjuto y mal vestido reunió una legión de seguidores que buscaban con el corazón henchido, no la gloria ni el botín, sino la alegría de ver coronada la Cruz en lo alto de la ciudadela. De igual forma, la Plataforma vecinal pretende ver restaurada una línea de la Izquierda que, así defienden, se ha perdido de Getafe.
Con bastante probabilidad pueden alcanzar un concejal (e incluso 2). Un sillón que valdrá su peso en oro y diamantes, porque podría ser la bisagra que oriente el poder en uno u otro sentido. Todos están al tanto de lo que pase en la calle. Pero lo mejor ya ha sucedido: el Pueblo, hastiado, ha comenzado a moverse, a hablar y a plantar cara a los políticos profesionales y a sus empresas-partidos que les mantienen.
Desde luego que si: otro Getafe es posible. El Getafe que quiere el Pueblo Soberano.
Francisco Sancabal ¥
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